2 de octubre de 2025
Más de 3.800 personas murieron en siniestros viales en 2024 y el estrés sigue siendo un factor minimizado en la seguridad vial argentina. Con jornadas laborales excesivas, escaso descanso y presión constante, los conductores se enfrentan a un riesgo invisible que compromete la seguridad de todos. Por qué no alcanza con campañas y qué medidas estructurales hacen falta.
Un riesgo silencioso que el sistema sigue sin enfrentar
En Argentina, hablar de velocidad, alcohol o distracciones es común cuando se analiza la siniestralidad vial. Pero el estrés, la fatiga y la presión psicológica siguen sin recibir la atención que merecen, a pesar de su peso determinante. Según cifras oficiales, 3.894 personas murieron en 2024 en siniestros viales, y buena parte de esos casos estuvieron atravesados por el estado emocional de los conductores.
"El estrés es el gran olvidado de la seguridad vial. Muchos choferes trabajan 12 horas o más, sin descanso suficiente, en condiciones que los mantienen en alerta constante y los llevan al límite físico y mental", advirtió el especialista Pablo Azorín.
El estrés no solo deteriora la salud: modifica el comportamiento al volante. Reduce reflejos, dispersa la atención, dispara reacciones impulsivas y multiplica la probabilidad de error. La ANSV lo reconoce como un "factor difícil de medir", pero su presencia en accidentes graves es innegable.
Entre sus efectos más peligrosos:
Somnolencia y fatiga crónica, responsables de choques por quedarse dormido.
Irritabilidad que deriva en maniobras agresivas.
Pérdida de concentración y errores al tomar decisiones.
Problemas cardiovasculares y depresivos que afectan el desempeño a largo plazo.

Aunque los especialistas recomiendan dormir bien, planificar rutas o hacer pausas activas, el problema va mucho más allá del comportamiento individual. "Se necesita un compromiso institucional. Las empresas y las autoridades deben garantizar descansos adecuados, programas de salud mental y políticas de prevención", sostuvo Azorín.
Hoy, no existe en Argentina una política pública integral que aborde el estrés como problema vial, a pesar de que su impacto es tan relevante como el exceso de velocidad o el consumo de alcohol. La ANSV lo reconoce, pero aún no hay medidas concretas.

La electromovilidad, los sistemas ADAS o la infraestructura vial acaparan la agenda del sector, pero sin atender el componente humano -y emocional- la siniestralidad no bajará. El estrés al volante es una bomba de tiempo que el sistema todavía elige ignorar.
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